10 de diciembre de 2004

Un coro del Edipo Rey

Para mi gusto, la tragedia más perfecta de todo el teatro griego.
Edipo, tal como decía la profecía, ha matado a su padre (aunque él ignora que era su padre verdadero), ha destruido a la esfinge que causaba estragos en Tebas y se ha casado con la reina viuda (aunque él ignora que ella lo había parido y que él la había dejado viuda, Edipo no tiene el famoso complejo freudiano, sencillamente porque él no sabía que estaba casado con su madre). La peste asola Tebas, los dioses están enojados por la altanería y el orgullo (la hybris) que muestra Edipo, que cree haber huído de su fatídico destino, sin darse cuenta que ha caído de bruces en él. Edipo se dispone a esclarecer el por qué de la epidemia, a pesar de que será su ruina. El final es el de los más dramáticos y trágicos de la literatura: Yocasta, la madre, se suicida; Edipo, se ensarta los ojos con un hierro y ciego emprende el camino del destierro, pero esta es otra historia.
En este coro (que era la parte lírica y cantada de la tragedia) se tratan varios temas, por una parte, sin nombrar a Edipo, se habla de que el orgullo ha de pagarse. anticipando el desenlace; por otra, de la vigencia de los oráculos, la última frase es bastante chocante para el año 430 a.C.

"¡Ojalá me asistiera siempre la suerte de guardar la más piadosa veneración a las predicciones y resoluciones cuyas sublimes leyes residen en las celestes regiones donde han sido engendradas! El Olimpo sólo es su padre: no las engendró la raza mortal de los hombres, ni tampoco el olvido las adormece jamás. En ellas vive un dios poderoso que nunca envejece. Pero el orgullo engendra tiranos. El orgullo, cuando hinchado vanamente de su mucha altanería, ni conveniente ni útil para nada, se eleva a la más alta cumbre para despeñarse en tal precipicio, de donde le es imposible salir. Yo ruego a la divinidad que no se malogre el buen éxito del esfuerzo que la ciudad está haciendo, y para ello jamás dejaré de implorar la protección divina. Si hay algún orgulloso que de obra o de palabra proceda sin temor a la justicia ni respeto a los templos de los dioses, que cruel destino le castigue por su culpable arrogancia; y lo mismo al que se enriquece con ilegítimas ganancias y comete actos de impiedad o se apodera insolentemente de las cosas santas. ¿Qué hombre en estas circunstancias puede vanagloriarse de alejar de su alma los golpes del remordimiento? Porque si tales actos fuesen honrosos, ¿qué necesidad tendría yo de festejar a los dioses con coros? Nunca iré yo al venerable santuario de Delfos para honrar a los dioses, ni al templo de Abas, ni a Olimpia, si estos oráculos no llegan a cumplirse a la faz del todo el mundo. Pero ¡oh poderoso Júpiter! si realmente todo lo sabes y del mundo eres rey, nada debe ocultarse a tus miradas ni a tu eterno imperio. Como si fueran nulos, de Delos... los oráculos se desprecian ya; en los sacrificios no se manifiesta Apolo. La religión va hacia la ruina."

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